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Horrendo: Padres matan a nene de 8 años porqué creían que era gay

Gabriel tenía apenas ocho años y su mamá y su padrastro no lo querían, porque creían que era homosexual. Lo más probable es que él aún no supiera el significado de esa palabra, quizás no la hubiese escuchado siquiera, ni se hubiese puesto a pensar en su propia sexualidad, porque los chicos generalmente no piensan en esas cosas a los ocho años; al menos no de la misma forma en que pensarán en ellas cuando lleguen la pubertad, las hormonas, los cambios físicos, el vello público, la masturbación, la primera eyaculación, la adolescencia, el primer beso, los primeros noviazgos de verdad, sean con chicos o con chicas, el sexo, la vida adulta.

Un chico de esa edad puede inclusive tener novia —difícilmente novio, por la censura del entorno, que le esconderá esa posibilidad durante el mayor tiempo posible o reprimirá sus deseos, si los tiene—, pero tener novia o novio a esa edad no significa lo mismo que cuando sea “grande”. Es como un juego más, un aprendizaje, pero ni eso: lo que a Gabriel le gustaba, por lo pronto, era apenas jugar a las muñecas, y esa costumbre tan inocente despertó la ira de la mamá, Perla Fernández, y de su pareja, Isauro Aguirre.

La mamá de Gabriel, Perla Fernández, y su pareja, Isauro Aguirre

Un chico que juega con muñecas es un maricón, dice la gente. Tal vez, en el futuro, Gabriel descubriera que le gustaban los chicos y no las chicas, o tal vez no; tal vez simplemente le gustaba jugar con muñecas porque sí, como a otros les gustan otros juegos, qué tanto lío. A muchos gays no nos gustaba jugar con muñecas cuando éramos chicos, aunque usted no lo crea, ni nos gustan ahora muchas cosas que los estereotipos más estúpidos sobre la homosexualidad indican.

Pero nunca lo sabremos: su propia familia, luego de torturarlo de todas las formas posibles, lo mató a sangre fría. Gabrielito, como le decían, con diminutivo por su edad y estatura, fue asesinado por su padrastro, con la complicidad de su mamá y ante la inacción de cuatro trabajadores sociales que podrían haberlo evitado; por puto. Eso que nunca llegará a saber qué es, o si él lo era. Eso que ya no podrá descubrir. Fue en 2013 y ahora, cuatro años después, Aguirre, Fernández y sus cómplices comenzaron finalmente a ser juzgados en Los Ángeles, Estados Unidos. De confirmarse la acusación del fiscal, que pidió que sea condenado por homicidio agravado por la imposición de tortura, el padrastro de Gabriel podría ser condenado a la pena de muerte.

Gabriel era un nene felíz mientras vivió con sus abuelos

Todo empezó en 2012, cuando la mamá de Gabriel reclamó la custodia del chico, que vivía con sus abuelos. Las fotos de aquella época muestran a un chico saludable y feliz, pero desde que fue enviado a la casa de su madre, su vida se transformó en un infierno. Por sospechar que el chico era gay, Perla y su pareja lo sometieron a las más crueles vejaciones que puedan imaginarse.

El padrastro, un guardia de seguridad de 37 años, lo encerró en una jaula, le daba de comer arena para gatos, lo amordazaba para que no pudiera gritar poniéndole una media en la boca, lo obligaba a cagarse y mearse encima y a comerse su propio vómito, lo quemaba con cigarrillos, lo insultaba con todo tipo de ofensas homofóbicas, le daba latigazos con la hebilla de un cinturón, lo rociaba con spray de pimienta, le pegaba con un bate de béisbol, lo obligaba a salir a la calle vestido de mujer para que se burlaran de él. Y hacía todo eso con la complicidad de la mamá del chico y de cuatro asistentes sociales que, cuando fueron asignados al caso por las numerosas denuncias realizadas por los vecinos, no hicieron nada para protegerlo y serán también juzgados por su responsabilidad en el homicidio.

Gabriel con su abuela, Sandra Fernández

El abogado de Aguirre reconoce todo, pero dice que su cliente nunca tuvo la intención de matar al niño, como si ello disminuyera la gravedad de sus actos. Antes de morir asesinado, el chico ya había decidido suicidarse y hasta escribió una carta, que está en poder del tribunal, pero el padrastro lo mató primero. Cuando el fiscal, Jonathan Hatami, presentó las fotos y las evidencias en la primera audiencia del juicio, varias personas abandonaron la sala descompuestas, mientras otros familiares de Gabrielito lloraban. “Este caso es sobre una única cosa: la tortura sistemática de un niño indefenso e inocente”, dijo Hatami.

La mamá llamó al 911 cuando vio que el chico no respiraba, pero, según el fiscal, no lo hizo para salvarlo, sino para protegerse a sí misma y a su pareja, usando la carta de suicidio del chico para decir que se había matado. Le dijeron a la policía que el chico era gay, que le gustaba golpearse a sí mismo y que había decidido quitarse la vida. Cuando llegaron, los médicos no podían creer lo que veían: los hematomas, las quemaduras, las cicatrices provocadas por los golpes y las ataduras, las costillas rotas, la fractura de cráneo. El chico fue llevado al hospital, pero falleció dos días después.

La homofobia mata de las formas más crueles, inclusive puede matar a un chico que aún no sabe lo que significa ser gay, y que ya no podrá descubrir si lo es, ni vivir una vida feliz siéndolo, una vida como la que le esperaría a cualquier otro como él si sus propios padres no tuvieran la cabeza contaminada por prejuicios que aún nos cuesta desterrar, gracias a los enormes aparatos de propaganda política y religiosa que continúan divulgándolos y que son tan responsables de esta y otras muertes como sus ejecutores.

Por Bruno Bimbi (TN Noticias)
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